Tristeza
¿Por qué?
¿Por qué es tan sencillo sentir tristeza, pero tan complicado conseguir felicidad?
¿Acaso la tristeza es el ancla que nos mantiene atados a la tierra?
¿Es el pilar de nuestras emociones?
Lamentablemente, para la mayoría de nosotros es así.
No puedo explicar la tristeza ajena, pero sí puedo hablar de la mía: he vivido triste gran parte de mi vida; no toda, pero sí la suficiente como para preocuparme.
Es lo extraño de la tristeza: es incomprensible e impredecible.
Puedo cumplir un objetivo y sentirme realizado, hasta que pienso: “Pude haberlo hecho mejor”.
Y ahí viene la sombra… “Toda pequeña brisa de felicidad viene acompañada de una tormenta de tristeza”; como si estuvieran hechas de la misma raíz.
¿Cómo dos sentimientos contrarios vienen ligados tan profundamente?
No lo sé. Quizá esté en nuestra naturaleza sentirnos miserables y sabotearnos aun cuando hay razones para estar bien.
He visto en persona a gente que parece tener una vida buena y aun así muestra al mundo una imagen de insatisfacción e inconformidad.
Es simple:
La felicidad requiere obtener algo: un empleo, un buen auto, vínculos, metas, nuevas versiones de uno mismo.
La felicidad exige.
La felicidad siempre pide más. Tenemos la idea de que entre más cosas, más amigos, más amor, etc., más felicidad conseguiremos.
En cambio, la tristeza no pide nada.
Y eso es lo peligroso.
Es un sentimiento tan fuerte y tan profundo que llega sin condiciones.
¿No podrá volverse adictivo?
Porque, admitámoslo, más de una vez nos hemos rendido ante la tristeza aun teniendo motivos para estar felices.
Y lo hacemos por el simple hecho de que, al final, es la única sensación que estará siempre ahí, incondicional.
Solo se necesita un momento a solas con nuestra propia mente para darnos cuenta de que es la única emoción que conocemos a detalle.
La tristeza está ahí al nacer, al crecer, al madurar y al morir.
Entonces, ¿por qué escribo esto en lugar de contemplar el hermoso paisaje que me rodea?
Porque estoy triste.
Triste porque no sé cuándo volveré a verlo.
Y, para mí, eso no es malo.
Porque al sentirme triste, me siento vivo; siento que existo, que algo en mí aún siente.
Y al final del día, eso es lo que me hace saber que soy real:
la triste sensación de saber que estoy vivo.
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